Áhot. El creador de todo. El dios máximo.
Creó dioses guardianes para cada elemento de la naturaleza que él inventaba.
Pero aún así, después de crear a los dioses, al hombre común, a el día, y a la noche, no se sentía satisfecho.
Entonces inventó a la mujer. Y a la diosa que hizo su compañera, Luguéa.
Áhot la embarazó, de gemelas que vendrían a ser las diosas de la destrucción, y de la salvación. Pero al nacer, solo Ornéll sobrevivió; la diosa de la salvación. Pero una parte de Támek, su hermana, la diosa de la destrucción que murió inevitablemente al usar su poder, permaneció viva en ella.
Siglos y siglos después, la historia de la creación se hizo creencia en el mundo medieval, donde yacía Énta, diosa del fuego, de la familia de Áhot. Pero la historia de Támek se volvió un mito.
Énta fue la única diosa que decidió vivir y mostrarse ante humanos, a diferencia de todas sus hermanas, hermanos, tíos, tías, y todo el ramaje de la familia de los dioses que vivían en lo más alto de los cielos, en lo más profundo de los mares, y en otros lugares inhabitables ya sea por sus condiciones de vida o su imposible acceso para el hombre común.
La razón por la que Énta decidió vivir entre mortales, fue porque se enamoró de uno.
Su nombre era Chárnyus, un arquero que ella conoció mientras paseaba en un lejano bosque que ella creía ser la única en conocer.
Su amor por él era tan profundo que decidió quitarse la inmortalidad, al no soportar vivir siglos enteros sin él.
Tuvieron 2 hijos. Miretho, el mayor, y Lirénia, la menor.
Al tener una madre diosa y un padre humano, ninguno de los dos nació como un dios. Pero tanto Énta como Chárnyus, y todo el pueblo de Nwónu que lo conocía, creían que los poderes de Miretho simplemente estaban dormidos, y era cuestión de tiempo para que la sangre de Áhot que en él corría se desatara y por fin podrían proclamarlo como dios.
Al igual que su padre, se dedicaba a pelear en guerra contra pueblos enemigos.
Con solo 22 años de edad, ya había estado en cientos de batallas y había salido ileso y victorioso de todas ellas. Por eso las personas en el pueblo llegaron a creer que era inmortal.
En cambio, su hermana Lirénia (llamada Lirén por todos) no llamaba la atención. Era de tez blanca y ojos claros, con facciones iguales a las de su madre. A diferencia del cabello, que en ella era blanco y Énta tenía un rojo intenso como el fuego que creaba y controlaba.
Miretho y Lirénia conocían muy bien la historia de Áhot y sus creaciones, hasta el mito de Támek. Pero Lirénia se veía aún más fascinada por la historia de sus ancestros que su hermano.
Entonces viajó por múltiples pueblos y preguntó acerca de la diosa de la destrucción a los sabios más ancianos de los templos. Ninguno accedió a hablar sobre ello, algunos por completa negación a que haya ocurrido realmente, y otros con la excusa de que era un tema completamente restringido.
Pero Lirénia se enteró de la existencia de Roseblath, el sabio más grande entre los sabios. Pocos eran los que lograron verlo, y eso había sido hace mucho tiempo atrás. Pero su sabiduría lo había convertido en un semi dios, y su existencia era una leyenda. Lo único que se sabía de él era su nombre, y que si vivía, era en las altas montañas del oeste.
A Lirénia le tomó meses recorrer las tan altas y deshabitadas montañas, sin mencionar lo alejadas que estaban. Estuvo a punto de morir más veces de las que una persona podría siquiera soportarlo.
Una tarde, mientras caminaba, pudo reconocer el sonido de una flecha aproximándose. Se corrió justo antes de que penetrara en ella.
Se dio la vuelta para divisar al atacante. Era una persona cubierta con una capa hasta los pies.
Lirénia nunca había estado en una situación así. Su padre se había encargado de mantenerla al margen de cualquier enfrentamiento ya que era muy débil y su ignorancia con las armas la llevaría a la muerte.
Con un movimiento tan rápido como para ser siquiera visto, la persona de la capa se encontraba a solo unos centímetros de Lirénia, con una espada apretando firmemente su cuello.
Roseblath contemplaba a la muchacha que mantenía una mirada de sorpresa y miedo. Pero en una fracción de segundos, pareciendo involuntariamente, la extraña frunció el entrecejo e hizo cenizas la espada.
Sus ojos color miel ahora estaban completamente blancos.
Sin tocarlo, arrojó a Roseblath diez metros por el aire hasta caer fuertemente sobre unas rocas. De repente ella estaba de nuevo a su lado, fijando sus ojos blancos en él.
Un viento tan fuerte como para sacar volando a un pueblo entero comenzó a crearse alrededor de la muchacha, llevándose consigo pedazos enteros de montañas. Pero entonces, ella cayó al suelo con un grito de dolor, cubriéndose la cara, y junto con ella, el viento cesó y el cielo se despejó.
Roseblath vio como los ojos de Lirénia volvían a tomar ese color miel. Pero no sin antes volverse rojos, lo cual le indicó que se trataba de la hija de Énta, la cual tenía ese exacto color de ojos al usar sus poderes.
- Acaso se trata de Lirénia, hija de Énta, nieta de dioses? -
- La pregunta es quién eres tú - Dijo Lirénia reincorporándose y tomando una posición defensiva. - ¿Qué quieres? -
- Creo que andas en busca de Roseblath. Aquí me tienes.-
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