¿qué debía hacer?
¿perdonar?
¿olvidar?
Acaso debía callar a sus instintos vengativos, y dejar atrás el pasado?
Claro que no. El pasado, en este caso, era el presente. Y el futuro. No había posibilidad de cambio. El rey de Egdenor jamás cambiaría la manera de mirarla, tan despectiva y desinteresadamente. Por más de que anulara su destierro, nunca podría borrar de su mente lo que le hizo, los traumas que le dejó, ni devolverle la sangre que perdió por su culpa. Loreén dejó atrás todo lo bueno que Egdenor le dió; las caminatas en los valles, la música, el reflejo del sol en el río, y el sabor de las manzanas caídas de los árboles. Una oscuridad más espesa que la noche creció en su interior desde su destierro, reemplazando esos buenos recuerdos y gratos momentos por deseos perversos de venganza. Día y noche imaginó como sería volver a ver al rey, al rey que la separó de sus amigos, madre y hermanos, al rey que la desterró de sus tierras, al rey cuya cabeza quería ver clavada en una pica. Al rey que nunca le permitió a Loreén llamarlo "papá" ni correr a sentarse en su regazo.